CAPITULO III
Por fin llego al descampado y se metió
rápido en la camioneta, allí en su tranquila soledad como de costumbre
antes de revisar el libro se encendió un cigarrillo y se tumbo, en
realidad, sentía inquietud por el contenido, pero una percepción oscura
penetró sus pensamientos, tenia la sensación de que no debía abrirlo y
esperó. Tras consumir el cigarrillo cerró los ojos y por un breve
instante se quedo dormido pero el dolor de sus heridas lo despertaron,
ya habían enfriado y notaba como si martillos le estuvieran golpeando
las rodillas, la cabeza, los codos, y decidió marcharse. Pensó en ir
directamente a su casa, pero esa idea no le resultaba complaciente, por
lo que decidió ir a casa de una vecina, amiga desde hace muchos años de
la familia, a quien él acudía la mayoría de las veces que se encontraba
ante un problema. Su vecina era compañera de su madre desde la escuela,
juntas compartían numerosos hobbies y era una persona en quien realmente
según su madre se podía confiar. La mujer se llamaba Mercedes, siempre
lucía lo mejor, era delicada y muy dulce tenía una larga melena castaña,
su cara no era muy bonita a primera vista pero cuanto mas la mirases
mas bonita parecía. Tenía unos ojos marrones grandes como platos una
nariz pequeña y unos labios apetecibles, su constitución era delgada y
de mediana estatura. Mercedes era madre separada tenía una hija de la
misma edad que Tony, 19 años, se llamaba Lucía, ésta era el vivo retrato
de su madre. Las dos vivían solas, Javier era el marido de Mercedes y
en numerosas ocasiones viajaba por negocio,s hasta que en unos de los
viajes encontró algo mejor y no volvió a pisar esa casa. Podemos decir
que era relativamente grande, una casa que tenía una dimensión para
cuatros personas ahora solo la ocupaban dos. Al entrar en ella te podías
sumergir en un ambiente de felicidad, parecía que las dificultades
desaparecían, eran donde verdaderamente Tony se sentía liberado.
Cargando
con la bici llego hasta la casa de Mercedes, se postró delante de la
puerta y llamó al timbre, llamó una vez y nadie le abría, lo hizo de
nuevo hasta que vio como el pomo se movía la puerta se abrió, era Lucía
envuelta en una toalla. Daniela era una persona que a Tony le transmitía
tranquilidad, su rostro era sencillo pero a la vez llamaba la atención,
cada vez que estaba con ella sentía algo especial podría decirse que
era la única amiga que tenía.
- Hola Tony, qué te ha pasado, estas mojado y sucio, tienes sangre… oh dios mío Tony que es lo que te ha pasado- grito asustada
- MM.… nada Lucía no es nada la bicicleta se metió en un agujero y caí pero no es nada no te preocupes
- ¿Cómo que no es nada? Anda ven te limpiare las heridas
- ¿y tu madre Lu?
-
Ha ido hacer unos recados, he tardado mas en abrirte la puerta porque
estaba en el baño, hablando de eso estoy en toalla voy a cambiarme y
vengo.
- Vale no tengas prisa.
Toni se encontraba
sentado en una mecedora, donde Lucía siempre se sentaba, desde ese
ángulo podía avistar con facilidad un espejo, miró y en él se reflejaba
la puerta entreabierta de la habitación de Lucía. Pensaba que podría
parecer un depravado pero no le importaba nadie lo estaba viendo y
disfrutaba de ese momento. Veía como delicada se quitaba la toalla del
pelo y frotaba sus cabellos con ella. De repente Tony escucho un ruido
justo cuando Lucía se iba a quitar la toalla de su cuerpo, se levanto
asustado miro a su alrededor pero cuando volvió la vista hacia el
espejo, comprobó que ella estaba ya completamente vestida. Lucía fue
hacia la cocina y cogió del botiquín varios productos que creía que
podrían servir para curar a Tony, volvió al salón y se sentó en la mesa.
- Anda Toni dame esa pierna te la limpiaré y vendaré
- Por favor hazlo con el mayor cuidado posible, me duele muchísimo y tampoco quiero que en mi casa lo noten.
La chica comenzó a curarlo
- Aaaaaaa dios como escuece. Ten cuidado Lucía
Pero
en realidad tenía el mayor de los cuidados, era tan delicada que Tony
incluso notaba placer cuando las manos acariciaban su piel, como
presionaba con cuidado el algodón, como echaba solo las gotas necesarias
y no dejaban que cayeran por toda la pierna.
- Bueno creo que con esto…
- Muchas gracias Lucía ahora me tengo que ir pero podemos vernos esta tarde
- Claro, ahora son las dos te espero sobre las cinco ¿te parece?
- Si a esa hora vendré
Tony
se levantó de la butaca despacio por el dolor que tenía en las rodillas
y se puso frente a Lucía, por un momento la tensión se percibía entre
ellos, se miraban a los ojos fijamente sin decir nada, los ojos de Lucía
brillaban y él estaba inmerso en ellos. De un momento a otro Lucía se
aparto inquieta y se sentó en la butaca mientras Tony caminaba hacia la
puerta.
- Hasta la tarde.- dijo mientras abría la puerta, y continuadamente la cerró
Bajó
los escalones que había en dirección a la puerta haciendo un esfuerzo
por no encoger la rodilla que tenía vendada, aunque quisiera tampoco
podría encogerla ya que aunque sutil fue la cura de Lucía no tuvo reparo
en utilizar venda y eso no permitía que la flexionase.
Su casa
estaba a unos sesenta metros, lo que normalmente recorría en solo unos
minutos esta vez no fue tan fácil. Cuando llegó a casa metió su mano en
el bolsillo y sacó las llaves, al intentar abrir la puerta pudo
comprobar que sus nudillos también estaban dañados por lo que se estiró
la manga del jersey lo mas que pudo hasta que no fueran visibles.
Al
entrar limpió sus suelas en un felpudo que había en la entrada y
dirigiéndose al salón recordó el libro, se registro y comprobó que
efectivamente lo había dejado en la camioneta, pensó que podrían
robárselo pero quien iba a robar ese libro, quien iba a ir justo a la
camioneta a robarlo si incluso estando en mitad de la carretera nadie lo
quería.
Su inquietud desapareció al ver que el libro estaría seguro donde estaba.
ánimo Estrella, sigue escribiendo!
ResponderEliminaruna sugerencia; separa en párrafos para que sea más fácil la lectura!
saludos!
FF